La Historia se puede acomodar a nuestras necesidades —las que sean—. Un político en campaña se cuelga de cualquier héroe nacional y lo convierte en el estandarte de su lucha. Así como un escritor toma a los fantasmas de las guerras y las derrotas de los pueblos para, así, crear toda una novela llena de aventura y erotismo —con algunos toques de reflexión e ira—. También puede acoplarse a las nuevas modas. Como en México que, a partir del 2010, han proliferado las novelas históricas. Lecturas que den un carácter más corpóreo a esos héroes y anti héroes que a cada día nos mencionan durante nuestros años escolares.
La cabeza de Villa es una novela que cumple ese requisito. A tres años del festejo del Centenario de la Revolución, Pedro Salmerón utiliza como motor de su historia la legendaria profanación de la cabeza de Pancho Villa. De ahí deriva una historia entre detectivesca/erótica, con muchos datos históricos y personajes perdidos que no se encuentran en el inconsciente colectivo. Los hechos son narrados después que los villistas fueron acabados.
La figura del Centauro del Norte está constantemente durante toda la novela, no como un ser físico, sino como un fantasma. Un fantasma que deambula y posee todos los cuerpos que se mueven alrededor de su recuerdo y sus logros. Ese gran espíritu al que muchos buscan honrar y otros simplemente mandarlo al lugar lejano que todos tenemos en la cabeza: el olvido, o la ignorancia. Pancho Villa marca una estela grande y rebelde entre los personajes que buscan mantener siempre vivo al Jefe. Ese recuerdo que no muere en el norte que en el sur fue de un compañero de armas y en el centro es el de un bandido llamado Doroteo Arango, que buscaba sacar las pistolas y violar a las mujeres.
El general Lorenzo Ávalos Puente —que exactamente con esta frase comienza cada capítulo— es un detective en búsqueda de venganza; la de aquel que se vio derrotado sin tener esa última gran lucha que incita desesperadamente. Hay una exaltación idealista, e incluso se nota en la novela ese sabor agridulce —del que todos hablan— sobre que la Revolución se quedó inconclusa. Hizo falta algo más, algo que diera el gran golpe, que clavara la gran estaca con la leyenda “Vencimos”, pero no existe —ni existirá— tal, simplemente vivimos —desde que hay memoria— en un mundo —país— donde el que importa no es el que vive o siente.
Si hay algo que distingue al personaje principal, es el sentimiento de derrota —¿no es acaso lo que distingue a todo aquel que trabaja por alguna causa fallida?— la derrota que llegó a través de la muerte de Pancho Villa. La muerte física, pero no la espiritual.
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| Pedro Salmerón |
En esta novela no se encontrará ningún hilo negro de la historia mexicana —como en ningún libro de ficción se encuentra—. Simplemente es la mirada momentánea de la cámara del narrador en un suceso que se ha vuelto legendario.
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